Por Joaquín Collado
Me levanté decidido a buscar y encontrar a nuestra Comunidad entre las calles de la gran ciudad, como consigna de mi artículo para este medio.
Me levanté decidido a buscar y encontrar a nuestra Comunidad entre las calles de la gran ciudad, como consigna de mi artículo para este medio.
Después de desayunar e idear lo que sería el desarrollo de la travesía que estaba por realizar, me cambié y salí a todo o nada.
Salgo y pido el ascensor. Al bajar saludo al portero que, como todos los días, me saluda muy amistosamente con un “¿Cómo va Joaquín? ¿Cómo pinta el día?”; no puedo dejar de ver en él al padre/madre que cuando llegas de campamento te saluda y te pregunta, deseoso de saber, cómo la pasaste. Y vos no sabés quién es o a penas sabés que es el “papá de”.
Pero saliendo de esa linda mersada, estaba seguro que algo más tenía para darme Buenos Aires.
Camino unas cuadras para tomarme el subte. POSTAL: La gente se apura a subirse al vagón más cercano empujando al resto, todos apiñados, calor, etc. ¿Había reflejos de mi Comunidad en esto? Lo único que se me vino a la mente era las aperturas de año: siempre a la Tropa le toca al rayo del sol; a los más chicos los dejan sentarse y vos caliente, renegás; las chicas del Solar ponen cara de aburrimiento y con un aire de soberbia juvenil, se paran de brazos cruzados con la cadera hacia el punto más alejado del eje de su cuerpo en un acto de maestra contorsión; el Clan que festeja todo lo que pasa o canta el clásico “cha, chananana, chananana, nanana, nanana, chanananaaaa” que hace que los padres muevan el esqueleto avergonzando a sus hijas en la Caravana mientras el segundo scout de Cóndores grita: “Juan, tu vieja está re buena”, o el sub-guía de Panteras agita: “Te quiero mami” (con voz de Scooby Doo), ganándose así a todas las chicas del resto de las ramas y hasta inclusive a un par de dirigentes.
Bueno, un poco rebuscado, pero en el subte estaba la comunidad.
Me bajo para tomarme el tren. Me subo y consigo un lugar para sentarme mientras espero a ver qué encontraba.
No tardó demasiado en aparecer el vendedor. Un amigo una vez me dijo: “No hay como el vendedor del tren, precios populares” ¡Y cuánta razón! Dos mantecoles de los grandotes por tres pesos, tres resaltadores, dos pesos, y una engrampadora (que en ferreterías la estás abonando alrededor de 30 o 40 pesos) a sólo 10. La verdad, es increíble pero... ¿y la Comunidad?
¡¡Claro!! La patrulla Ciervos que hace rifas y de premio entregan un lemon pie hecho por alguna madre; la Manada choreando con posa-pavas y llaveros; la Caravana con las pizzas; la Liga de Madres con el té bingo después de la misa comunitaria; y esa mítica patrulla tropera que vendía postales, tarjetas y estampitas del año de Perón por el barrio, tan pero tan viejas que se notaba el amarillo típico de la vejez del papel.
Fácil; en el vendedor del tren estaba la Comunidad (o sus miembros más capitalistas).
Llego a mi parada, me bajo y me topo con el chancho que me pide el boleto que obviamente no había comprado. Con el reto vienen sus palabras que me advierten que la multa es de $91. Automáticamente me pasa toda la vida por delante de los ojos y la imagen se detiene en el tesorero. “Sin ticket no te lo reintegramos”. Bueno, no me lo reintegrás y no hay duchas este campamento. Cuántas veces quedamos en números rojos a fin de año, todos, padres, madres, tíos, hijos, nietos, sobrinos, etc.
En fin, justo pasa un amigo de la facultad que hábilmente me da un boleto y paso gratariola.
Llego a la facu y subo al aula, medio tarde y sin el práctico para ese día. El profesor me humilla un poco y yo, en mi cabeza, le mando saludos a él y al resto de su familia. Me la fumo y me siento, algo enojado. Inmediatamente pensé en el Richard (uno de los dirigentes en mis años de tropero). El Richard respetaba muchísimo las tradiciones más inquisitivas de la rama Scout. Era sencillo, cumplías años y no llevabas torta, se llamaba a formación y eras víctima del famoso pulpito2.
Cuando salgo de cursar y vuelvo a casa me pongo a revisar los apuntes sobre el periplo que había realizado. Había encontrado a mi Comunidad Guía-Scout de la Pequeña Obra en el día a día porteño. Pero sentía que algo más me faltaba. Luego de horas de pensar qué era, me resigno. A fin y al cabo había realizado la tarea auto-impuesta.
Vienen unos amigos a casa después de cenar. Como es fin de mes y andamos todos a gas decidimos quedarnos en casa tocando la guitarra. Después de un rato perdemos el sentido del tiempo y, por vasos comunicantes, mientras más nos olvidamos de la hora, más peligro corríamos sin darnos cuenta.
Y sí, suena el timbre (era obvio), la vecina del piso de abajo, una anciana bastante enojada, estaba parada afuera de la puerta diciéndome que hace tres días que no duerme por los ruidos (siempre la exageración al servicio de su vecino más cercano), luego de varios minutos la saludo (muuuuy cordialmente) con la promesa de bajar el volumen.
¡Señoras y señores! Había encontrado la piedra filosofal de mi artículo, la gota que rebalsó el vaso, la olla de oro al final del arcoíris... Había cruzado palabras con la Chola en mi propio edificio.
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1. El boleto de Palermo a Caseros del tren San Martín sale $1.
2. Práctica aberrante hoy en día erradicada en la cual la víctima era golpeada por sus amigos en forma de castigo.

¡Premio!
ResponderEliminarBuenísimo